Chicago, 1920. La ciudad que rugió entre el jazz y la prohibición

Hay ciudades que se recuerdan por lo que construyeron. Otras, por lo que destruyeron. Y luego está Chicago en los años veinte: una ciudad que hizo las dos cosas al mismo tiempo, y con una intensidad que todavía se siente cuando se escucha un solo de trompeta o se pronuncia el nombre de Al Capone.

En enero de 1920 entró en vigor la Decimoctava Enmienda. Estados Unidos decidió que el alcohol era el problema y lo prohibió. En la mayor parte del país se cerraron salones y se vaciaron barriles. En Chicago, sin embargo, la ley apenas llegó a ser una sugerencia. La ciudad ya era un nudo ferroviario, tenía acceso a los Grandes Lagos y una frontera relativamente cercana con Canadá. Tenía también una clase política acostumbrada a mirar hacia otro lado y una población de inmigrantes y de migrantes negros del Sur que acababan de llegar buscando trabajo y un poco de dignidad. Cuando el alcohol se volvió ilegal, Chicago no se secó. Se volvió más ruidosa.

El negocio del contrabando no nació de la nada. Ya existían redes de juego, prostitución y control de sindicatos. Lo que hizo la prohibición fue multiplicar el dinero por diez. Johnny Torrio, un hombre de Brooklyn con mentalidad de empresario, entendió el potencial y llamó a un joven colaborador que también venía de Brooklyn: Alphonse Capone. Poco después, en mayo de 1920, el antiguo jefe Big Jim Colosimo fue asesinado en su propio restaurante. Torrio tomó el control y Capone empezó a subir. En pocos años la organización controlaba cientos de speakeasies, destilerías, cervecerías y rutas de distribución. Se calcula que en su momento de mayor poder Capone generaba decenas de millones de dólares al año, en una época en la que un trabajador medio ganaba poco más de dos mil dólares anuales.

Pero Chicago en los años veinte no fue solo violencia y corrupción. Fue también el lugar donde el jazz dejó de ser música del Sur y se convirtió en lenguaje universal.

Desde la década anterior, la Gran Migración había traído a miles de afroamericanos del Delta del Misisipi y de Nueva Orleans hacia el South Side. Llegaban a trabajar en las fábricas, los ferrocarriles y los mataderos, y traían consigo una forma de tocar que todavía no tenía nombre definitivo. En 1922, un joven de Nueva Orleans llamado Louis Armstrong bajó del tren en la estación de Illinois Central. Tenía veintiún años y una trompeta. Su mentor, Joe “King” Oliver, lo había llamado para tocar en el Lincoln Gardens. Armstrong más tarde diría que aquellos años en Chicago fueron algunos de los mejores de su vida.

En el tramo de State Street que se conocía como “The Stroll”, entre las calles 31 y 39, se concentraban clubes, cabarets y salones de baile: el Sunset Café, el Dreamland, el Plantation Club. Allí tocaban King Oliver, Armstrong, Jelly Roll Morton, Earl Hines y muchos otros. Algunos de esos locales estaban protegidos o financiados por gente de la organización de Capone. El gangster era fanático del jazz. Le gustaba la música, le gustaba la vida nocturna y entendía que un buen grupo atraía clientes a sus speakeasies. El crimen y el arte no solo coexistían: a veces se necesitaban mutuamente. Los músicos necesitaban trabajo estable; los dueños de los clubs necesitaban algo que hiciera que la gente quisiera entrar y quedarse.

Mientras en el South Side sonaba la trompeta de Armstrong, en otras zonas de la ciudad se libraban guerras por el control del alcohol. Dion O’Banion fue asesinado en su floristería en 1924. Las bandas del North Side y del South Side se enfrentaron durante años. El 14 de febrero de 1929, en un garaje de North Clark Street, siete hombres de la banda de Bugs Moran fueron alineados contra una pared y ametrallados por pistoleros disfrazados de policías. Capone se encontraba en Florida en ese momento, pero la Masacre de San Valentín se convirtió en el símbolo más crudo de lo que había ocurrido en Chicago: una ciudad donde el crimen organizado había alcanzado una escala casi industrial.

Y, sin embargo, la imagen que ha perdurado no es solo la de los cadáveres en el garaje. Es también la de las flappers entrando por la puerta principal de un speakeasy (algo impensable años antes), la de blancos y negros escuchando la misma música en locales que desafiaban las normas raciales de la época, la de una ciudad que, a pesar de la corrupción y la violencia, generó una energía cultural que todavía define lo que entendemos por “años veinte”.

Al final de la década, todo empezó a cambiar. El crash de 1929 golpeó la economía. Capone fue condenado en 1931 por evasión de impuestos, no por los asesinatos. La prohibición se derogó en 1933. Armstrong ya se había ido a Nueva York y luego al mundo. Pero algo de aquella década se quedó en Chicago y, sobre todo, en la música. El jazz no fue un adorno de la prohibición. Fue, en muchos sentidos, su banda sonora: la forma en que una ciudad ruidosa, corrupta y creativa transformó el sonido del siglo XX.

Chicago de los años veinte no fue solo la capital del crimen. Fue el lugar donde el deseo de beber, de bailar y de ser libre se encontró con las estructuras del poder ilegal, y de ese choque nació algo que todavía suena.


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